jueves, 10 de marzo de 2016

Puerto Vallarta

En nuestros primeros días en México, allá por fines de Noviembre, principios de Diciembre, nos sentábamos a ver el mapa. Estudiábamos posibles lugares, escuchábamos recomendaciones. Y había uno de esos que estaba muy lejos. Era casi impensado para nosotros. Puerto Vallarta y las Islas Marietas. 


De Guanajuato a Vallarta fue un viaje largo, pero cómodo. En un bus de primera línea llegábamos por segunda vez a la hermosa y mística costa del pacífico. 

Allí nos reencontrábamos con Juli (la cordobesa mencionada en algún post anterior) y su amiga Anto. Ellas venían a compartir nuestros últimos días frente al mar. 

Y cómo no podía ser de otra manera, para seguir con la excelente racha que tuvimos durante todo este tiempo, nos recibía una familia (no de sangre sino de esas que la vida misma construye). Salvador, Armando y la gran Mari. 

Desde el primer momento en que llegamos no dejaron de compartir su cariño con nosotros, hacían querer que a uno lo adoptasen y se quedara a vivir con ellos. 

En la casa además teníamos un compañero que había llegado como nosotros pero desde EEUU, Nick, quien nos acompañaría los días siguientes hasta su partida. 

A pocas cuadras se quedaban las chicas, y a otras poquitas estaba el mar. Fueron días de perseguir atardeceres, de mucha playa, y mucha amistad de la linda. 

Atardecer I, Pto Vallarta

Tardes de mates y birra en la playa de Puerto Vallarta. Caminatas por el malecón. Platicas con la hermosa gente de la casa. 

El “plato fuerte”, nuestro objetivo principal en este lugar, era conocer las Islas Marietas. Un conjunto de islitas desahitadas y protegidas por el gobierno para preservarlas. 

Las islas se hicieron famosas por el famoso oceanógrafo Jacques Cousteau. Las marietas son casa de muchas aves como el ave patiazul y una muy grande diversidad de peces, además de delfines todo el año y ballenas jorobadas en invierno. 

Para ahorrar unos cuantos pesos, fuimos sin contratar ningún tour por medio de agencias. Llegamos hasta Punta Mita, el lugar continental más cercano frente a las Islas y regateamos para conseguir el mejor precio. 

Y entonces a la aventura nuevamente. Cruzar el mar, romper olas, saltar y nadar para cruzar ese túnel. La cantidad de gente que había, por suerte, no era suficiente para opacar la belleza y lo exótico del lugar. 

Por la reglamentación del parque nacional sólo teníamos 20 minutos para estar en la primera isla, conocida como Isla Oculta o Playa Escondida. 

Playa Escondida I

Playa Escondida II


Después de disfrutar estos hermosos y escasos minutos, nos dejaron en otra de las islas. Ya con un poquito más de tiempo para disfrutar, conectar con ese mar y, de a poco, empezar a despedirse. 

Gigantes personas 

Playa del Amor

Personas gigantes

De regreso, todavía quedaba medio día por delante. Frenamos a almorzar y bajamos a una playa bastante solitaria, Destiladeras, que quedaba de camino a casa. 

Playa Destiladeras

Retratos I (Chelo & Juli)

Retrato II (Nick & mate)

Retrato III (Anto)

Retrato III (Mate & Sol)

En la otra punta del mapa existe una playita de difícil acceso. Uno camina casi una hora por el cerro y cruza el bosque, hasta encontrar la playa Colomitos. Un escondite pequeño y remoto. Una pequeña porción de paraíso. 

Cruzando el bosque (chelo encantado)

Playa Colomitos

Ya la vuelta la puede hacer uno en lancha, para volver más rápido. Y como ese día habíamos quedado en subir al mirador de Vallarta con Salva (nuestro couch), así fue. Un atardecer más, una de las cosas que siempre nos atrae. Algo que nunca nos agota. 

Mirador de Puerto Vallarta

Con el Salvador

Contemplando, compartiendo
La última playa que nos quedaba por conocer quedaba en un pueblito medio bohemio, medio artesano, con mucha buena vibra. Brindábamos para despedir a Anto que se volvía antes y más tarde regresábamos a casa. 

Playa Sayulita

Ya a esta altura se hace un poco difícil escribir, cuando parece una repetición de días. Pero es más que nada para dejar asiento de los lugares y las personas. Todo lo que experimentamos, durante todo el viaje, pero en especial estos últimos días, es irreproducible desde lo emocional. 

Pero sin dudas el último día en Vallarta fue intenso. 

Cargado de emociones, primero tocaba despedirse del mar. No hacerlo sería casi un crimen. Caminar por la orilla al atardecer, sabiendo que ya no quedaba otra cómo esas. Oírlo, como tantas veces en estos 8 meses, e interpretarlo, jugar con él. Saber que lo quitábamos, al menos por un tiempo, de nuestra (no) rutina, nos hacía bajar un poco la frente. 

Ultimo atardecer

También dejabamos volar a la Juli, que volvía para Xalapa, a terminar su intercambio y vivir esa experiencia de estar afuera tanto tiempo. 

Superado ese momento, volvíamos a la casa para preparar la cena de despedida. Por suerte la cocina servía de terapia. Pizzas, vinos y buena compañía era todo lo que necesitábamos, era todo lo que teníamos. 

La familia Vallartense 

Si no lo dije antes, lo digo ahora, y si lo dije antes, lo repito. Somos unas personas bendecidas (por no decir con mucha suerte). La calidez que recibimos en esa casa nos hacía confirmar que cada paso que dimos hasta aquí fue correcto. 

Con los últimos abrazos y el desayuno preparado por Mari, estábamos listos para viajar rumbo a Guadalajara, donde un gigante de los caminos nos esperaba junto a su familia.


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