lunes, 26 de octubre de 2015

Armenia

Antes de llegar a Armenia ya teníamos una nueva anécdota que contar. 

Previo a abordar el colectivo habíamos convidado con un poco de nuestra agua a un señor, de unos 60 años aproximadamente. Él, asombrado por nuestro gesto, se nos prendió durante casi todo el viaje. Y ahí comenzamos a descubrir a este personaje que se hacía llamar Charles “el ilustre”. 

Cuando llegamos a destino insistió en que era su deber, cómo buen colombiano y anfitrión, invitarnos con un café. 

No nos quedó otra que aceptar, por lo que fuimos al Parque Sucre por dicha merienda. Mientras tanto avisamos a Martha, la (gran) mujer que nos iba a hospedar. 

El encuentro entre estos titanes pero de diferentes especies fue gracioso, una vez superada la etapa de incomodidad. Después de unos pocos cruces de palabras nos íbamos con Martha y dejábamos al Ilustre abrazado, literalmente, a un árbol. 

Ya instalados en su casa comenzamos a descubrir a quien más tarde bautizaríamos, con el perdón, entendimiento (y apoyo sin duda alguna) de nuestras madres, nuestra mamá colombiana. Martha se preocupó por nosotros desde el primer minuto, por si comíamos, por si teníamos qué desayunar al día siguiente, por qué íbamos a conocer en su tierra, por nuestra ropa limpia, por nuestras experiencias, por nuestra vida. 

Ella tiene su hija e hijo, de aproximadamente nuestra edad, viviendo en Argentina hace unos cuantos años. Por el cariño que notamos y lo que nos hizo saber, se ve que era demasiado temprano para convertirse solamente en una madre a distancia. 

Por nuestra parte volvimos a sentirnos en casa, en viaje, una vez más. 

El primer día nos llevó y nos dejó en el Valle del Cocora. Un lugar donde existen miles de palmeras de cera. Aunque lamentablemente se encuentran en extinción ya que no crecen más de ellas por el cambio que sufrió su medio ambiente.

Valle del Cocora I

Valle del Cocora II

Palmeras de cera. Director: Marcelo Toledo

Valle del Cocora III


Tras haber caminado un par de horas por el valle bajamos a Salento, un pueblito congelado en el tiempo. Almorzamos un plato típico (pescado con patacón y ensalada), tomamos un helado en la plaza central y recorrimos algunas de sus callecitas más coloridas.

Tejados de Salento

Salento I

Salento II

Vagueando por Salento

Ya de regreso y una vez en la casa, aprovechamos las compras que Martha nos había hecho para que cocinemos. Después de unos cuantos días nos volvíamos a encontrar con la cocina; primero unas pastas con salsa de crema y chicharron y luego un pollito a la naranja. 

Tras un excelente desayuno (cómo se extraña cada día) de leche de almendras, cereales y frutas, salmos, otra vez de la mano de la dueña de casa, a conocer una finca de café orgánico. 

Llegamos a la finca de Don Elias, donde nos hicieron un recorrido por toda la finca, explicándonos en detalle todo el proceso de elaboración de café. Como no podía ser de otra manera, este recorrido terminaba con una degustación de un excelente café.

Flor de Café

Plantación de café, cubierta por plátanos

Flor de plátano

Grano de café tostado

Con Martha y el guía cafetero


Cuando quisimos pagar nuestra deuda, Martha había hecho de las suyas otra vez: ya había cancelado el tour. Y como si fuera poco, nos invitó a almorzar a un restaurancito en la ciudad de Calarcá, donde degustamos una gran paella valenciana rodeados de pajaritos de colores.

Por la noche nos sentimos de 12 años nuevamente. Por más gracioso que suene, es verdad. Martha nos llevó hasta la puerta del cine. 

No sé si la peli que vimos la darán en Argentina, pero deberían buscarla “Colombia, magia salvaje”. Un documental de todas las zonas geográficas y su flora y fauna de este increíble país. Sin duda una obra de arte impresionante. (link del trailer)

El último día se lo dedicamos a conocer la ciudad. Después de hacer fiaca un buen rato y mirar una peli en la casa, paseamos por las calles y plazas de Armenia. Habiéndole comprado un humilde regalito a Martha por todo lo que nos brindó en tan poco tiempo, volvimos para la última gran cena. Esta vez nos cocinaba ella un gran salmón rosado. Para el postre aparecería, por videoconferencia, un amigo en común: Dieguito, el mexicano, que seguía aún por Baños. 

Nuestra estadía en el eje cafetero iba concluyendo. La capital nos esperaba. Pero otra vez más, nuestro corazón se agrandó y dejamos una partecita allí.



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